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La Línea: el infaltable en la hoja de ruta de un ciclista colombiano

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La Línea: el infaltable en la hoja de ruta de un ciclista colombiano

Mensaje por Tolistoval el Lun Mar 03, 2014 7:36 am

Aquí va el relato de nuestra visita a la Linea con El Forastero.


Más vale tarde que nunca
La Línea: un puerto postergado

15 -16-17 DE ENERO DE 2014

Por amable invitación de Paulo (EL Forastero), decidí ir a Ibagué en bici, con el fin último de subir La Línea. Convinimos con Paulo viajar el miércoles 15. Sugerí salir lo más temprano posible, pues el recorrido (cerca de 200 Km) lo exigía. Sabía de antemano que no era fácil para Paulo encontrarnos a las 6 am en un punto de la Autopista del sur por venir él del sector de la Unal. Acordamos entonces vernos a las 6 y 30 acá, muy cerca de mi casa, en la Primero de Mayo.

Lo cierto es que Paulo se retardó y llegó a las 7 de la mañana.  El día despuntó azul; seguía la temporada seca y todo apuntaba a que nos esperaba el calor, como aconteció. Con relativa rapidez, salimos de Bogotá, subimos Rosas e iniciamos el descenso hacia Silvania. Carretera por momentos en doble vía, que se reducía metros más allá, con obras de ampliación. Llegamos a Silvania e hicimos la respectiva parada técnica, nos quitamos las chaquetillas, que ya comenzaban a incomodar por la temperatura. Hasta allí, todo a la perfección, y así hasta las cercanías de Melgar, donde paramos en un tiendecita a comprar agua y pony malta y a comer algo de lo que llevábamos de avituallamiento. Dejamos Melgar a un lado, sin entrar, y tomamos la variante que evita ingresar a Girardot y al Espinal.

A Gualanday, directo y sin paradas, supuestamente. Desde antes de Melgar ya apretaba el calor, y ahora que rodeábamos Girardot el calor del mediodía en ciernes comenzaba a tornarse asfixiante. El sol arriba; nubes dispersas y escasas que no vislumbraban tregua y al horizonte un pavimento que reflejaba agua pero que sólo era un espejismo alucinador. Y llegó el primer impase: un pinchazo, un tanto inoportuno, por la hora, por el calor y por el desértico paraje por donde íbamos. Buscamos rápido un sitio con sombra, que gracias a Dios encontramos pronto: una hondonada a orillas de la carretera, cubierta por un pequeño arbusto, suficiente para protegernos con su manto de hojas del terrible sol del mediodía.

A los 16 minutos reiniciamos la marcha, a pleno sol,  en la llanura semidesértica del Espinal. Sugerí entonces continuar con un trabajo de equipo, que habíamos iniciado kilómetros antes del pinchazo. La idea era relevarnos cada 500 metros con el fin de avanzar un poco más rápido y de hacer la marcha más concentrados en el objetivo.

Así avanzamos unos 6 Km hasta que Paulo dijo no tener suficientes fuerzas para seguir el trabajo y avisó por primera vez su intención de llegar hasta Gualanday y tomar bus allí hacia Ibagué. Me preguntó cómo iba. Dije la verdad: no mucho mejor. El calor –cerca de 40 grados- por el esplendido sol enmarcado de azul nos doblegaba paulatinamente. Para colmo, la carretera comenzaba a picar un tanto hacia arriba y a colocarnos ante algunos repechos de 200 y 300 metros, e incluso más largos, al 5% o más de inclinación, que nos exigía un esfuerzo mayor. Ahí comencé a desear con ansias que llegáramos a Gualanday. Y entonces miraba al horizonte y solo veía los reflejos de agua en el pavimento. Paulo me dijo que estábamos cerca y me señaló algo a lo lejos que yo no distinguí pero que supuse verlo. Mi cuentakilómetros comenzaba a bajar dramáticamente hacia los 20 km hora y a menos de 12 en repechos, solo compensados por los descensos. Nada que llegábamos a Gualanday y ya era más de la 1 y media. Por fin aparecieron las primeras casas y el parque central, en donde paramos a refugiarnos en la sombra y  a descansar un rato, en una panadería. Allí comimos algo, compramos agua y nos dispusimos a reanudar nuestro andar: Paulo, en bus, con  mi tula, lo cual era un alivio enorme a esas alturas, y yo a llegar en bici. Así fue. Inicié el ascenso del alto de Gualanday, que aunque corto es algo duro, pero más duro cuando se aborda en las circunstancias descritas.

Como pude, coroné y continué rumbo a Ibagué. El sol seguía castigándome y mi pedaleo era lamentable. Mi velocímetro caía por momentos a menos de 16 Km/hora, lo cual era desalentador. Yo miraba a lo lejos y no veía donde protegerme del sol. Entonces fui colocándome metas parciales. Allí donde un árbol frondoso diera sombra pararía, reposaría un momento, haría estiramientos, tomaría líquido y continuaría. Así paré unas 4 veces antes de llegar al punto de encuentro que habíamos convenido con Paulo: Mirolindo. El ciclocomputador marcaba ya  178 Km. Por tanto, debía estar cerca. Hacía varios Km que transitaba entre factorías y algunos vehículos urbanos.

Y ahora sí, Mirolindo. Ahí estaba Paulo esperándome, ya recuperado, después de su llegada en bus. A partir de ahí seguimos juntos en bici hasta el apartamento de él, que aun distaba 5 Km, que se me hicieron inacabables. ¡Y por fin…! , qué descanso poder sentarse en una silla a la sombra, descalzarse, bañarse, tenderse en la cama y luego salir a almorzar con la satisfacción de haber conseguido la meta fijada. Lo había logrado, a pesar de los momentos de duda y de sufrimiento que parecían insinuar que el primer objetivo no se alcanzaría.


SÁBADO 16  DE ENERO

Luego del reposo, de una noche de descanso pleno y recuperación, al día siguiente decidimos realizar un recorrido corto y conocer –en mi caso- una población cercana a Ibagué: Alvarado.

Por Alvarado se va a Mariquita y Armero-Guayabal, y por ahí se llega a Manizales. Alvarado está a 35 Km del apartamento de Paulo. Por tanto 70 Km ida y regreso.

De ida, veloces, como si un viento de cola nos llevara raudos. Claro, tendencia al descenso. Ibagué está a 1200 m sobre el nivel del mar; Alvarado, a menos de 400. Pero de regreso…otra vez, como de Gualanday hacia Ibagué: pegado al piso. Tanto, que me costaba trabajo seguir la rueda de Paulo. Podía seguirlo a duras penas, mas decidí no forzar, porque en mi mente estaba La Línea, que al otro día esperaba en un lomo indómito de la cordillera central. Así, no sin sufrimiento, regresamos a Ibagué hacia las 11 de la mañana.

Me traje de Alvarado una sensación entre triste y nostálgica. Es un pueblo como tantos otros de nuestra geografía y de nuestra historia, con su plaza central y su iglesia colonial, sus palmeras y sus viejitos amodorrados por el calor, como detenidos en el tiempo, en una paz entre feliz y resignada, y con niños que parecen descolocados en el tiempo, ingenuos y curiosos, los inocentes de los que nos habla Jesús en su palabra. Uno de ellos se nos acercó para preguntarnos qué era lo que llevábamos debajo de nuestros zapatos, que si estos servían para jugar fútbol, que cuánta velocidad alcanzábamos, y quien sabe cuántas cosas más hubiese querido saber de tanta curiosidad que parecía tener. Ah, cómo me hubiese gustado tenerlo en una aula libre para haberle satisfecho su expectación deslumbrante. Aquí en estas urbes hipermodernas los niños parecen haber perdido este don natural, tan humano, tan divino.

Pero bien, había llegado la hora y el día de encarar La Línea, el mítico puerto de montaña que hace límite entre  los departamentos de Tolima y Quindío. Así pues, que después de una tarde normal de preparativos alimenticios y de recuperación física y de una noche reparadora, llegó la hora: 6 de la mañana. A más tardar 6 y 30 deberíamos ponernos en marcha rumbo a nuestro gran objetivo. Y así fue: después de cargar de energía nuestros organismos y de haber dispuesto en nuestras camisetas el avituallamiento de camino, pusimos nuestras bicis camino a las nubes. Desde que salimos del apartamento, comenzamos a ascender. Atravesamos gran parte de Ibagué e iniciamos el primer ascenso definido: Coello. Hasta ahí bien, subiendo con los interrogantes característicos de lo  que no se conoce y manteniendo en la cabeza más que en las piernas y en el corazón esa reserva de fuerza y de latidos que quien hace ciclismo sabe que debe mantener. Pasamos Coello e iniciamos un descenso reconfortante. Por varios kilómetros, proseguimos entre ascensos y descensos cortos. Así, rumbo a Cajamarca. Esos repechos parecían nada frente a lo que nos aguardaba y sin embargo dolía subirlos, y el velocímetro caía dramáticamente. ¡Ay!, y si eso era por ahí, ¿cómo sería más arriba? Y entonces cundía el temor. El miedo  al fracaso, a la derrota. Bueno, en medio de la incertidumbre, y de algún bajón de Paulo más acentuado que los míos, que lo llevó a detenerse, sobrepasamos dos pequeños ascensos de más de 2 kilómetros constantes y nos pusimos a las puertas de Cajamarca, donde haríamos una parada para revisar y completar provisiones y encarar ahí sí la mítica escalada.

Allí, en el parque central de Cajamarca, compramos banano y agua y luego de 10 minutos mal contados emprendimos el primer kilómetro de ascenso, de los más de 23 de que consta esta subida por la vertiente del Tolima. Duro kilómetro, exigente. Y seguimos devorando metros con la mirada de la imaginación puesta en los últimos 9, que sabíamos por informes de otros y por la altimetría que son los más duros. Más arriba del peaje, más allá del Túnel, que se está construyendo para aliviar el paso entre el centro del país y el occidente y acortar el tiempo. Pasamos el peaje, pasamos el túnel, entre rampas de mediana dureza y trayectos para recuperar. Paulo, a esta altura, parecía dudar de sus posibilidades de alcanzar la cima. No obstante, llegamos al punto de quiebre y proseguimos, tal vez animados de tener a 9 km el coloso. Paulo había decidido parar en algún punto cercano a descansar un poco y a tomar café para intentar, con el estímulo de la cafeína, coronar la empresa. Decidí acompañarlo. A falta de algo más de 7 Km encontramos una tiendita humilde, de esas que proliferan a veces en los caminos,  y allí reaprovisionamos nuevamente, cada uno con lo suyo. Frente a nosotros, a la derecha, nos aguardaba una rampa de entidad, la que sobrepasamos no sin torcernos sobre la bici, cuando reanudamos lo que sería el final de la subida. Habíamos convenido con Paulo que si yo estaba mejor- como se suponía- lo esperara en La Línea. Al comienzo, al reanudar sentí dolor de piernas y Paulo me tomó unos 50 metros de diferencia, que mantuvo por más de medio Km. Después, paulatinamente, me fui acercando a su rueda, hasta alcanzarlo. Así nos mantuvimos por un Km más, y a la vista de un cartel que señalaba 5 Km para La  Línea, Paulo me gritó: como Patios  (la cuesta que en Bogotá solemos subir con frecuencia y cuya longitud es de 6.5 Km). Buen grito, buena idea. Así lo asumí. E inicié una cadena sucesiva de curvas con rampas de gran dureza, amplias, para que los pesados camiones pudiesen tomarlas con seguridad, sobre todo en el descenso, abriéndose bastante para poder controlar la maquina con un frenado correcto. Duras rampas, que no me parecieron tales, porque la felicidad de sentirme cerca del coloso ponía alas en mis piernas y me llevaba sin dolor a la cima. Y así, kilómetro a kilómetro fue disminuyendo la distancia hasta alcanzar el punto más alto, los 3269 metros del pico de la montaña. ¡Había coronado! Entonces me ubiqué donde mejor pude a esperar a Paulo. Soplaba un fortísimo viento del suroriente que me dificultó ponerme la chaquetilla impermeable, muy liviana, que ahora por el frio y el viento se hacía necesaria. Transcurrieron siete minutos hasta la llegada de Paulo. Feliz, también. Entonces nos dimos un abrazo y un estrechón de manos y con una sonrisa que expresaba nuestra felicidad nos tomamos fotos para dejar en la memoria ese gratísimo acontecimiento.

La Línea es para un ciclista lo que La Meca para un musulmán. Por lo menos una vez en la vida hay que visitarla, ¡claro, en bicicleta!
Emprendimos el regreso. Un descenso no tan peligroso, como podría suponerse, aunque por ser carretera de una sola vía y con numerosas tractomulas obliga a pasar  constantemente, a veces por la izquierda, a veces por la derecha, aprovechando el ancho de algunas curvas y el espacio que dejan los camiones al tomarlas. Cuando uno sobrepasa no deja de pensar en lo terrible que sería encontrarse de frente con un carro que suba, a sabiendas que la carrocería de un ciclista es su propio cuerpo. Pero para eso se toman precauciones y se mantiene la concentración al máximo, y para los que creemos en Dios se ora en solicitud de su protección e iluminación para no errar y no hallarse ante un imprevisto.

Pronto estuvimos en  Cajamarca  e iniciamos un tramo de bajada que combina repechos e incluso ascensos cortos y duros. Así seguimos, sufriendo un poco en las subidas, hasta iniciar los 4.5 km de Coello, ultima cuesta, coronada la cual asoma Ibagué. Ahora sí, en casi constante descenso hasta el apartamento.
Miré el reloj: 2 y 46 de la tarde. Kilometraje: 124; tiempo de pedaleo: 7 h 28 minutos. Misión cumplida, objetivo alcanzado. La Línea, uno más de los puertos míticos que habíamos –Paulo y yo- doblegado con nuestras bicis.

Hasta una próxima gran cima, hasta un próximo gran reto, si Dios nos lo permite. ¡Qué así sea!
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Re: La Línea: el infaltable en la hoja de ruta de un ciclista colombiano

Mensaje por jonagent007 el Lun Mar 03, 2014 9:13 am

excelente relato me dejaste provocado

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Re: La Línea: el infaltable en la hoja de ruta de un ciclista colombiano

Mensaje por El Forastero el Lun Mar 03, 2014 5:27 pm

Muy buena crónica, Amigo. Creo que si hubiera ido solo me habría desanimado por el cansancio y hubiera regresado temprano a Ibagué. LA compañía me dio la motivación extra. Aquí la foto del momento cumbre



A la semana repetí, y pude llegar porque ya tenía el precedente de haberlo logrado

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Re: La Línea: el infaltable en la hoja de ruta de un ciclista colombiano

Mensaje por asibisa el Miér Mar 05, 2014 4:51 pm

Felicitaciones a los 2 foreros, por la cumbre y por la crónica.
¿Que sintieron días despues, que sensaciones les vinieron a la mente al recordar todo lo vivido-sufrido-disfrutado en La Linea?

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Re: La Línea: el infaltable en la hoja de ruta de un ciclista colombiano

Mensaje por Tolistoval el Jue Mar 06, 2014 4:43 pm

Asier, en primer lugar queda la satisfacción de haber podido cumplir un objetivo.
En segundo lugar, el balance que se hace luego lleva a pensar en lo que se volvería a hacer y en lo que no. Queda en mente cómo enfrentar de mejor manera el calor, por ejemplo. A mi me queda también la sensación de que la próxima vez lo podríamos hacer mejor. El hecho de conocer el terreno y las circunstancias en general en que se enmarcan estos trayectos me lleva a creer en que serían menos tortuosos y más placenteros. Claro, en el ciclismo lo uno sin lo otro no es satisfactorio.
En todo caso, lo desconocido causa cierto temor, preguntas e inquietudes, que se superan cuando ya se sabe a lo que se atiene, lo que espera.
Y para mí, en bici, eran desconocidos los dos recorridos. Por ejemplo, había minimizado el recorrido Bogotá-Ibagué; me parecía más sencillo de lo que es en realidad. Y había magnificado Ibagué-La Línea, y me salió más sencillo de lo que imaginé. ¡Lo que es la vida!
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Re: La Línea: el infaltable en la hoja de ruta de un ciclista colombiano

Mensaje por El Forastero el Jue Mar 06, 2014 5:11 pm

Yo en la cima me sentí pletórico, muy feliz por el logro, aunque no como la primera vez que llegué a Letras (Esa es la  :2 ) ni como llegué al alto del vino en Enero de 2012 (esa es la  :1  casi me tiro al suelo a llorar de la emoción de haber logrado una travesía desde el Valle del Cauca, seis meses después de una cirugía de rodilla). Esta fue diferente, fue un desafío más mental que físico (porque lo había intentado varias veces en el año y me había quedado a mitad de camino).

Segundo, hice cuentas: Creo que podemos subir la vertiente de Calarcá sin problemas, porque aunque es más dura, también es más corta, no tiene los casi 40km previos (Ibagué-Cajamarca) que nos tocó hacer.

También hago cuentas de que se parece mucho al Galibier... Algún día

Pero necesitaba hacer la travesía solo. La repetí a la semana y me demoré 30 minutos más. Ahora estoy pensando en hacer esa otra vertiente y otros puertos mmás duros. La meta del año es 10 HC y ya llevo 2


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Re: La Línea: el infaltable en la hoja de ruta de un ciclista colombiano

Mensaje por asibisa el Vie Mar 07, 2014 1:09 pm

Me referia a sensaciones como de plena satisfacción, euforia, super-ego  Cool , etc.
A mi por ejemplo, días despues de subir esos puertazos, recordando las sensaciones vividas me embarga un sentimiento de plenitud.

Una lista, un top-10 de mis puertos colombianos recomendables para subir en bici, teniendo en cuenta la belleza, sensaciones vividas, paisajes, dureza, altura, longitud, leyenda, etc.

- Letras por Mariquita. Por mítico, extremo y por la variedad y belleza de los paisajes.
- La Línea por cualquiera de sus 2 vertientes. Por legendario, duro y belleza de los paisajes.
- El Limonar. Si Gustavo colgara en youtube los videos, sobre todo el de cuando llegamos arriba, se entendería bien el porque.
- Páramo del Verjón por Choachí. Por ser uno de los puertos más bonitos y espectaculares de Colombia.
- Jericó. Por la misma razón que El Verjón.
- Cuchilla de Guasca por Gachetá. Por los paisajes y la sensación de soledad.
- La Catedral. Por la carretera estrecha y dura dentro del cerrado bosque, que da la sensación de estar subiendo un puerto de Giro de Italia.
- Loma del Escobero. Por duro y por el bosque de los últimos kilómetros por carretera angosta.
- San Miguel por Fusagasugá. Por el mito del "jardinerito" y la bonita y antigua carretera rugosa de la 2ª mitad.
- Santuario de Guadalupe. Por el bosque a la salida de Bogotá, por las curvas de herradura de los 2 km finales, por la vista desde arriba y las cuajadas con dulce de mora que venden en la cima los domingos.

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Re: La Línea: el infaltable en la hoja de ruta de un ciclista colombiano

Mensaje por El Forastero el Miér Mar 12, 2014 4:29 pm

Si se refiere a esas sensaciones, creo que mi ejemplo es la llegada al Alto del Vino en Enero de 2012. Con muy poco entrenamiento, sin equipamiento alguno (Ni pantalón ni zapatos de ciclismo) y con un morral al hombro me lancé a hacer algo que nunca había hecho (una travesía de varios días) y ese era el momento cumbre

En mi blog personal escribí aquella vez: http://alijunakai.blogspot.com/2012/02/el-fin-de-la-travesia.html

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Re: La Línea: el infaltable en la hoja de ruta de un ciclista colombiano

Mensaje por jonagent007 el Miér Mar 19, 2014 9:44 pm

lo mismo digo yo, la primera vez que subí el alto del vino desde villeta, también casi me pongo a llorar de la felicidad por haber logrado tal logro saludos.

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