Paute Aquí
Buscar
 
 

Resultados por:
 

 


Rechercher Búsqueda avanzada

Últimos temas
» Hablemos de Doping...
Hoy a las 12:20 am por Sonja Neteu

» Imagenes épicas del ciclismo Colombiano. La colección definitiva
Lun Nov 20, 2017 11:40 pm por Sonja Neteu

» Martín Ramírez y la Dauphiné Liberé 1984
Lun Nov 20, 2017 5:28 pm por asibisa

» Polla CQRanking 2018
Lun Nov 20, 2017 12:51 pm por JorAndMo

» Polla CQRanking 2017
Lun Nov 20, 2017 12:47 pm por El Forastero

» Una pequeña ayuda para LaRutaDelEscarabajo
Lun Nov 20, 2017 12:39 pm por El Forastero

» El Coche Escoba de @FernandoCiclism
Dom Nov 19, 2017 1:35 pm por daniels13ca

» Artículos y entrevistas de actualidad en torno al ciclismo de ruta.
Miér Nov 15, 2017 10:24 pm por Germán Tamayo López

» Contratos y rumores - Temporada 2018
Mar Nov 14, 2017 8:49 am por Tolistoval

» Seguimiento a Carreras 2017
Lun Nov 13, 2017 7:37 pm por Federico Arango

» Nairo Quintana
Sáb Nov 11, 2017 2:04 pm por Sonja Neteu

» Consejo rines aluminio ruta.....
Sáb Nov 04, 2017 7:51 pm por Orlandus Von Uckerman

» Colombia Oro y Paz 2018
Sáb Nov 04, 2017 11:44 am por Sonja Neteu

» Rigoberto Urán
Vie Nov 03, 2017 1:11 pm por Sonja Neteu

» Ciclismo Femenino 2017
Jue Nov 02, 2017 8:56 am por OJBTriathlon17

Noviembre 2017
LunMarMiérJueVieSábDom
  12345
6789101112
13141516171819
20212223242526
27282930   

Calendario Calendario


García Márquez y el ciclismo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

García Márquez y el ciclismo

Mensaje por Gianni in testa el Jue Abr 17, 2014 7:28 pm

Pues hombre, como sabrán se murió García Márquez como cualquier mortal...qué vaina....Entre sus múltiples facetas de escritor resalta mucho su faceta de periodista, en dónde quiero destacar sus reportajes sobre Ramón Hoyos hechos para el Espectador en 1955, época de pleno esplendor de don Ramón....una figura casi mítica para el pueblo Colombiano de la época, en dónde se le prendían veladoras al lado del divino niño y el sagrado corazón...una expresión local del sincretismo religioso, vivido en los hogares humildes que lo veían pasar cuando la vuelta a Colombia era "grande" .........

Una crónica como esas es la que me sueño escribiendo en el blog   Laughing 


EL PRIMER TROFEO. “RAMÓN HOYOS VIO BRILLAR SU ESTRELLA”. POR PRIMERA VEZ EN LETRAS DE MOLDE. POR QUÉ TREPÓ BIEN Y POR QUÉ BAJÓ MAL. “QUE ME ECHEN, SI QUIEREN”. EMBALADO HACIA EL CAMPEÓN.

A pesar de mi desesperada manera de pedalear en aquella inolvidable prueba a Laureles, vi adelantarse sin ningún esfuerzo a Conrado Tito Gallo, a Roberto Cano Ramírez, a Pedro Nel Gil y a Antonio Zapata. Yo creía en esa época que para ganar una carrera lo único que se necesitaba era pedalear con fuerza, empujar a ojos cerrados hasta llegar a la meta. Pedaleaba despernancado, sin ningún estilo, sin ninguna técnica. Ahora mismo se me critica la forma de correr: me gusta poner el jarrete en el pedal y dejar la pierna bien templada, con el cuerpo completamente descargado en el asiento. Ese estilo me da resultado. Hace cuatro años, en cambio, cuando participé en la primera carrera, no tenía la menor idea de nada. Tenía coraje y deseos de ganar. Pero era un muchacho de 19 años, flaco y débil. Pesaba 55 kilos. Hoy peso 66, pero no he engordado: son puro músculo, y los médicos dicen que tengo un tórax privilegiado.

El último entre 25


Aquella carrera a Laureles fue una catástrofe. A lo largo de los 110 kilómetros, en mi vieja bicicleta de semicarreras, sin cambios, no hice más que pedalear inútilmente. A los pocos momentos, se me perdieron de vista los otros participantes. No era mala la carretera, pero no llevábamos carros acompañantes, ni entrenador, ni nada. La presencia de los acompañantes infunde ánimo y confianza. Cuando uno corre como corrí aquella primera vez y se advierte que el pelotón se va desintegrando y uno va quedando atrás, agotado, asfixiándose, se cree que el ciclismo deportivo es algo misterioso, sin explicación.
Con frecuencia he sufrido una pesadilla: trato de correr, muevo las piernas incesantemente, con desesperación, pero no avanzo un milímetro. Así me sentía en la carrera a Laureles. Estaba reventado, y sin embargo los otros ciclistas, frescos y sin apuros, me habían ganado todo el terreno en pocos minutos. Cuando llegué al parquecito de Laureles, que con ocasión del evento había sido adornado con papel de colores, me sentía desconcertado: no veía el comité de recepción por ninguna parte. Ni siquiera sabía dónde era la meta. A alguien que pasaba por el parque, le pregunté:
—¿Dónde está la gente?
—Uf —me respondió—, todos se fueron hace rato.

Mi mala salud


Siempre he sido muy enfermizo. Y cada vez que voy a participar en una competencia, mi salud me pone a dudar de mis probabilidades. En aquel año de 1951 —que fue el año decisivo en mi carrera— padecía un trastorno del estómago que no me daba descanso. En Puerto Rico se me infectó el ojo izquierdo y tuve que correr después de que me inyectaron 2’000.000 de unidades de penicilina. En la última Vuelta a Colombia tenía gripe cuando salimos de Bogotá, y me estaba asfixiando en la primera etapa. Cuando no es una cosa es otra.
Y en los comienzos, cuando no era la afección al estómago o la forunculosis, eran los tambores de mi maltratada bicicleta. Por eso no cuento, entre mis primeros triunfos, la Doble a La Estrella, que gané corriendo contra Antonio Zapata Arboleda. Cuento la Doble a San Cristóbal, el 12 de junio de 1951, en la cual gané mi primera copa. Y me regalaron mi primera pantaloneta.

Con todo prestado


Para participar en la Doble a San Cristóbal no tenía prácticamente nada. Un sobrino de doña Gabriela Arboleda, la incomparable visitadora social de la empresa donde trabajo, tuvo que prestarme un aro. Se llama Jorge Zapata y en la actualidad es propietario de la bicicleta en que corrí en aquella prueba. Pidiendo prestado aquí, remendando allá, estuve listo por fin para participar en la prueba. Eran 10 kilómetros de subida y 10 de bajada, y mi bicicleta no tenía cambios. Pero no me importaba mucho. Estaba dispuesto a clasificar de cualquier modo, aunque me rompiera la cabeza en una vuelta del camino.

Que me echen, si quieren”


En esa época, mi jornada de trabajo era de las dos de la tarde a las diez de la noche. Pensé en el riesgo que corría no asistiendo al trabajo, sin ninguna excusa. Sin embargo, pensé: “Que me echen, si quieren”. Y pensándolo, me puse mi uniforme, la camiseta del club Saeta, y mis zapatos de fútbol. Porque ese es otro de los inolvidables disparates de mi vida: corría con zapatos de fútbol, en una bicicleta sin cambios y sin repuestos. Y —como ya lo he dicho— en el galápago de hierro. Cada vez que me acuerdo de estas cosas, no me explico cómo pude llegar a ser campeón. Recuerdo perfectamente la largada, la serenidad de los ciclistas veteranos y el nerviosismo mío. Casi no podía apoyar los pies en los pedales, de tanto que me temblaban las rodillas.

Trepando bien


Al principio todo anduvo bien. Trepé como un veterano, con esa manera de trepar, segura y descansada que he tenido siempre, aun cuando no me ayudaba la bicicleta. Rápidamente, sin forzarme mucho, le saqué un minuto de ventaja al pelotón. En esa ocasión, por primera vez en mi vida, tuve la emoción de los fanáticos animándome a todo lo largo de la carretera. Yo iba en la punta, trepando a un ritmo seguro. Y por todo el camino, hombres, mujeres y niños, con sus instrumentos de labranza en la mano, me animaban con sus gritos a seguir adelante. No conocían mi nombre. Habían salido a saludar a los veteranos, y al ver a aquel muchacho flaco y nervioso que trepaba como un veterano, lo instaban a seguir adelante, sin conocer su nombre. Sólo porque lo veían trepar mejor que todos.

“Esta es la copa, Ramón”


Es inolvidable la llegada a San Cristóbal. Había música y madrinas con flores cuando llegué a la meta. Todavía faltaba la mitad de la prueba, en bajada, y yo temía por el comportamiento de mi vieja bicicleta sin cambios. Pero en la hora de descanso que tuvimos en San Cristóbal, yo me hice el firme propósito de ganar, por encima de cualquier obstáculo, y sólo por una razón: porque me mostraran la copa. Era un trofeo brillante, por el cual me habría hecho matar en mi desesperación de novato que quería llegar a alguna parte.
Durante una hora, la música estuvo tocando. Recuerdo las piezas alegres, las parejas bailando y el suelo lleno de flores pisadas y marchitas. Pero yo no pensaba en esa fiesta. Pensaba en que había llegado con un minuto de ventaja, y que debía agarrarme de ese minuto para ganarme el trofeo, así me costara la vida.

Bajando fuerte, pero sin culpa


No recuerdo haber bajado nunca con tanta velocidad y tanto entusiasmo como aquella vez. Pero había una explicación adicional: como mi bicicleta no tenía cambios, no me quedaba más remedio que cerrar los ojos y lanzarme por la pendiente, aunque me rompiera la crisma. Siempre he sido terriblemente nervioso para bajar. Por eso procuro sacar la mayor ventaja cuando trepo, porque la experiencia me ha enseñado que bajando no desarrollo todo lo que puedo, por el puro temor de matarme en las curvas, como ha estado a punto de ocurrirme varias veces. En aquella Doble a San Cristóbal bajé como un demonio, como nunca, y a pesar de todo me sacaron 20 metros a la meta. Pero yo tenía mi minuto de ventaja. En medio de una gritería confusa, temblando de emoción y de miedo y un poco atolondrado, creí que me había ocurrido un accidente y no me había dado cuenta. Pero lo que ocurría era otra cosa: había ganado. Y ese mismo día, en la meta, cuando la multitud se preparaba para pasearme en hombros, me entregaron la primera copa que conquisté en mi vida.

Mi pantaloneta


Fue un triunfo atronador. Pero no tanto como yo lo imaginaba, jadeante, con mi camiseta sudada. En Antioquia, esas competencias locales, que no tienen ninguna resonancia nacional, provocan el delirio de las multitudes, porque es de ellas de donde salen los campeones. Yo estaba completamente aturdido. Veía a mis amigos, a los muchachos del club Saeta, que me felicitaban con desbordado entusiasmo. Pero no veía a los fotógrafos de la prensa. Yo me imaginaba el triunfo como una cegadora tempestad de bombillas fotográficas, como lo es ahora, y como lo eran los triunfos de Conrado Tito Gallo y Pedro Nel Gil. Pero al finalizar la Doble a San Cristóbal no había más que ruidos, gritos y felicitaciones. Y un solo regalo: una pantaloneta de otomana que me llevó a la meta la esposa de Víctor Betancourt, porque estaba segura de que yo ganaría la competencia. Todavía uso esa pantaloneta, como recuerdo de mi primer triunfo sensacional.

“Ramón Hoyos”, en letras de molde


Naturalmente, no fui a trabajar ese día. La carrera terminó a las once y media de la mañana. Y después hubo fiestas y muchos comentarios y mucho entusiasmo. Yo veía andar el reloj y sabía que debía comenzar a trabajar a las dos de la tarde, pero seguía pensando: “Que me echen, si quieren”. Ahora tenía una copa, y lo único que me interesaba era celebrar mi triunfo, subir, seguir corriendo, alcanzar el campeonato; y tener muchas copas como la que había ganado aquel día. Sin embargo, ahora me doy cuenta de que nunca pensé llegar a donde he llegado, ni tener 120 trofeos conquistados en cuatro años.
Ahora me preocupa mucho que los periódicos me ataquen, cuando son ataques injustos. Pero no busco la publicidad.  Pero aquella vez, siendo mi primera victoria, con 19 años, en una ciudad donde ya los ciclistas tenían fama nacional, esperaba con ansiedad los periódicos y no podía dormir. Ahora he visto mi nombre a ocho columnas, en las primeras páginas y con enormes fotografías. Pero no experimento la emoción que sentí aquella mañana del 13 de junio de 1951, en que vi mi nombre por primera vez en letras de molde. Fue en la página deportiva de El Colombiano, en un rincón, y en un titular que decía: “Ramón Hoyos vio alumbrar su estrella”.

Haberlo dicho antes”


Cansado a causa del esfuerzo de la carrera y de la prolongada celebración de la victoria, todavía no tenía deseos de ir a trabajar. Me parecía que había llegado a la cumbre, que no tenía ningún compromiso con la fábrica sino sencillamente con mi título de ciclista. Sin embargo, la soledad en que me encontré aquel día, cuando todo el mundo volvió a la rutina del trabajo, me dio a entender que estaba equivocado. Muy asustado, a las dos de la tarde entre por el enorme portón de la fábrica y me dirigí directamente a la oficina del secretario, el gran Javier Jiménez, que es además, el encargado de los deportes.
Javier Jiménez me estaba esperando hecho una furia. —¿Por qué no vino a trabajar ayer? —me preguntó, indignado.
Resolví ser franco. Le dije:
—Porque estaba muy cansado de la Doble a San Cristóbal.
Aquello no sirvió de nada. Javier Jiménez seguía indignado. —Y por estar corriendo en bicicleta no vino a trabajar? —me dijo—. ¿Qué clase de excusas son esas?.
—Pero fue que gané.
Javier Jiménez miró el periódico, estupefacto. Su rostro cambió súbitamente de expresión, dio un golpe en el escritorio, sobre el periódico, y volvió a gritar:
—Idiota. ¿Y por qué no lo dijo desde el principio?

NOTA DEL REDACTOR


“EL MILAGRO ESTÁ EN SU TÓRAX”


Los fanáticos de Hoyos se enloquecen cuando al campeón le corresponde trepar. Se da por cierto que es mejor trepando que bajando. Al parecer es una idea sin fundamento. “Siempre he sido terriblemente nervioso para bajar”, dice Hoyos. Y señala el origen de este nerviosismo: nunca ha tenido accidentes trepando. En cambio, bajando ha estado a punto de matarse en las vueltas, desde cuando empezó a correr en bicicletas remendadas, cuidando tubulares y repuestos ajenos, hasta se estrelló contra una piedra, como cualquier novato, cuando representaba por primera vez a Antioquia en la II Vuelta a Colombia. Julio Arrastía, su entrenador, explica: “Hoyos baja tan bien como trepa, pero prefiere sacar tiempo subiendo, cuando no hay peligro, para no correr riesgos en las bajadas. Si Forero o Beyaert treparan tan bien como Hoyos, no se arriesgarían a bajar como ya se les ha visto bajar, matándose por lograr ventajas”.

El estilo no es el ciclista


Otra crítica muy popular entre las muchas que se hacen a Ramón Hoyos es su manera de pedalear. El triple campeón considera que su estilo le da resultado, y sigue corriendo así, sin importarle lo que se diga. En cambio, ha cambiado el estilo en los cuatro años que lleva de estar corriendo en competencias oficiales. “El estilo no sirve para ganar —dice—. Sirve solamente para que uno se vea bien en la bicicleta”. Y dice que no le gusta el estilo de los mexicanos, “porque van sentados muy bajo y la posición en la bicicleta parece incómoda”. Sin embargo, dice que esta posición les rinde a los mexicanos, y eso es lo importante.

Así corría Bartali


“Lo importante en Hoyos —dice Julio Arrastía— no es que suba sentado y abra las piernas, porque eso no es un defecto, como cree la gente”. Y agrega que lo importante es su extraordinaria capacidad de asimilación. Cuando comenzaron sus entrenamientos, en la Doble a Bolívar, después de la II Vuelta, Arrastía le dijo a Hoyos: “Vos como andás, tenés que cuidarte mucho, porque creo que vas a ganar la próxima Vuelta”. Entonces el actual campeón tenía muchos defectos y le faltaba experiencia, pero tenía las condiciones esenciales, que todavía conserva, pero ahora mejor desarrolladas: tenía la visión y el ansia del triunfo y una extraordinaria agilidad mental para definir situaciones. A quienes le dicen que Hoyos trepa despernancado, pedaleando lo mismo sentado que parado, Arrastía les contesta:
—Así corría Bartali.

Un hombre de la calle


Normalmente, Ramón Hoyos no observa una dieta especial. “Un buen ciclista deber comer carne de pulpa, verduras y muchas frutas”, dice Arrastía. Pero Hoyos, cuando no está corriendo, come cualquier cosa, fuma normalmente, y lleva la vida que puede llevar cualquier hombre ordenado. No tiene una hora precisa para levantarse ni para acostarse. Asiste a las fiestas que desea y hace allí lo que hacen todos. Pero en cambio, es inflexiblemente disciplinado en los entrenamientos y se ajusta con precisión a las indicaciones de su entrenador, a pesar de que tiene ideas propias con respecto al ciclismo. “El milagro está en su tórax —dice Arrastía—. Se le ha desarrollado tanto, que no hay el menor temor de que se asfixie cuando trepa. A eso hay que agregar la asombrosa elasticidad de su corazón”.

El oscuro mundo de los ciclistas


Al parecer, todas las falsas ideas divulgadas sobre la técnica de Hoyos, tienen un origen: los otros ciclistas. Ese es un mundo complejo, lleno de rivalidad, al margen del cual está Ramón Hoyos, como una figura que salió del pelotón y va en la punta de la popularidad. Muchos no se lo perdonan. En las tertulias de ciclistas, de aficionado o de simples fanáticos, se dice que Hoyos no tiene nada más que coraje. Se le considera como una especia de pequeño bárbaro, capaz de mantenerse por alcanzar una meta, pero sin ninguna técnica. “No es más que corazón”, se dice. Y Hoyos, a su vez, tiene mucho que decir de los otros ciclistas. La historia de sus rivalidades, de los obstáculos que han puesto a su trayectoria los otros ciclistas, es un cuento de nunca acabar.

“Por qué corre Samuelillo”


Sin embargo, hay algo indiscutible: nadie ha tenido más suerte para encontrar ayuda que Ramón Hoyos. Si entró a la II Vuelta a Colombia, cuando era un novato sin muchas esperanzas, fue en virtud de la terquedad de don Ramiro Mejía, un fanático que se gastó su plata en hacer ciclistas y que ahora vive en México. Y también mucho de lo que es hoy se lo debe al pequeño y conversador secretario de Coltejer, Javier Jiménez, encargado de los deportes, que se empeñó en sacarlo adelante desde cuando ganó su primer trofeo. En una oficina que arde como un horno a las dos de la tarde, Javier Jiménez es capaz de hablar durante 24 horas consecutivas sobre Ramón Hoyos, haciendo gestos hiperbólicos y estirando con entusiasmo sus cargadores elásticos, como si eso fuera una gimnasia de la memoria. “Era un flaco que no ofrecía ninguna esperanza”, dice, recordando el día que aquel tímido obrero entró a su oficina, a pedirle dinero prestado para comprar una bicicleta.
Sin embargo, Hoyos no olvida a quienes lo hay ayudado. Aunque hay un sector neutral, que no gusta de los ciclistas, en privado, porque considera que todos viven pensando que el otro trata de perjudicarlos, de obstaculizarles la carrera, de no dejarlos llegar a ninguna parte. Ese sector neutral ha hecho un mal chiste. Dicen:
—Todos los ciclistas tienen delirio de persecución.


Última edición por Gianni in testa el Jue Abr 17, 2014 7:39 pm, editado 1 vez

_________________
“Los cortesanos, sin salir de sus aposentos, ni de los umbrales de la corte, se pasean por todo el mundo, mirando un mapa, sin costarles blanca, ni padecer calor ni frío, hambre ni sed; pero nosotros, los caballeros andantes verdaderos, al sol, al frío, al aire, a las inclemencias del cielo, de noche y de día, a pie y a caballo, medimos toda la tierra con nuestros propios pies”

Don Quijote de la mancha capítulo 6.

¿Un caballero andante no es  demasiado parecido a un ciclista?
avatar
Gianni in testa

Mensajes : 1612
Reputación : 37
Fecha de inscripción : 30/07/2013
Edad : 50
Localización : Colombia

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: García Márquez y el ciclismo

Mensaje por Gianni in testa el Jue Abr 17, 2014 7:38 pm

RÉCORD A SANTA ELENA: ARREBATADO A TITO GALLO. “LO QUE ME HIZO ANTONIO ZAPATA ARBOLEDA”. UN CICLISTA QUE APRENDÍA A CORRER EN LIBROS. “A ÉSTE YA NO LO PARA NADIE”. LO QUE PUEDE PASARLE AL QUE MIRA PARA ATRÁS.



En realidad, el triunfo que me hizo popular en Antioquia no fue el de la Doble a San Cristóbal —a pesar de que con él gané mi primer trofeo—. Mi triunfo decisivo fue el de la Doble a Rionegro —quinta carrera oficial en que participaba— y en la que corrí contra Héctor Mesa, Saúl Palacios y León Arango. Varios de ellos eran de primera categoría. Yo era de tercera. Cuando me preparaba para participar en esa prueba, volvió a surgir mi viejo problema: necesitaba una bicicleta prestada, pues la mía estaba en muy malas condiciones. No confiaba en los tubulares.


Un amigo a quien expuse mi inquietud me prestó unos tubulares, con la condición de que los usara adelante. Sin embargo, yo sabía que me hacían más falta en la rueda de atrás, y allí los puse, dispuesto a ganar la prueba. Pero cuando mi amigo se dio cuenta del cambio, me gritó:
—No te permito que pongas atrás esos tubulares. Valen quince pesos.
Cansado de tantos préstamos, de tanta humillación, arrojé con rabia los tubulares prestados y acondicioné mi vieja bicicleta con mis viejos tubulares. Prefería correr mal y perder, y no seguir ganando con el favor ajeno.


Un récord indiscutible



A pesar de las condiciones en que corrí, sin carro acompañante, en una bicicleta averiada y con los tubulares inservibles, en aquella prueba batí mi primer récord: la subida a Santa Elena, que es la prueba definitiva de Antioquia. El récord pertenecía a Pedro Nel Gil, quien lo había hecho en 55 minutos. Yo salí de Miraflores —en la Doble a Rionegro— y llegué a Santa Elena en cuarenta y nueve minutos y treinta y cinco segundos. Fue un escándalo: se dijo que la carrera había estado mal cronometrada, que era imposible hacerla en 49.35, cuando Pedro Nel Gil, el grande de esa ápoca, había necesitado 55 minutos y nadie había podido superarlo. Sin embargo, mi carrera estuvo bien cronometrada, y batí el récord a pesar de mi bicicleta, y a pesar de mis tubulares. Y a pesar de todo.

Dos minutos y cuarenta segundos



Mi primer récord me infundió ánimos. Héctor Mesa y León Arango lograron descontarme algunos minutos en la bajada y en los terrenos planos. Allí ocurrió lo de siempre: había bajado con temor de pinchar, desconfiando de las condiciones de mi vehículo. Pero me sentía seguro de que al regreso podría recuperar el tiempo perdido. Y así lo hice. Desde cuando di la vuelta a la plaza de Rionegro, oyendo la ovación que me estimulaba para seguir adelante, empecé a sacarles minutos a mis contendores. Estaba tan entusiasmado, que bajé fuerte al regreso, sin acordarme de que un pinchazo habría podido acabar con mis ímpetus. Pero a pesar de mis condiciones desfavorables, logré descontar un minuto a la bajada de Santa Elena. Cuando entré a Medellín —al barrio Miraflores, donde ahora vivo— había descontado un minuto más a mis contendores. Llegué a la meta con dos minutos y cuarenta segundos de ventaja.

Gracias a “El Grillo”



Aquel triunfo me hizo pensar en la urgencia de equiparme lo mejor posible. Confiaba en mis conocimientos y en mi resistencia. Pero no podía confiar en mi bicicleta. En esas estaba, cuando fui seleccionado para participar en la prueba de trepadores que se lleva a cabo en Medellín, todos los años, con motivo del Día de la Raza. Aquello fue el 12 de octubre de 1951. Se admitían participantes de primera y segunda categoría. A mí me admitieron, a pesar de ser de tercera, y me dispuse a no desperdiciar la oportunidad. Para esa ocasión, tuve que agradecerle a Aurelio Toro —“El Grillo”, que entonces era ciclista y ahora corre en motocicleta— que me prestara su buen vehículo, bien cuidado y bien provisto.

Una entrevista importante


En la fábrica de tejidos Coltejer, donde trabajo, empezaba a circular el rumor de que yo tenía buenas perspectivas como corredor. Javier Jiménez se interesaba por mi trayectoria, e influía ante mis superiores para que se me diera un tratamiento excepcional, con base en su esperanza de que llegara a ser un buen ciclista. Me alegro de no haberlo defraudado. De haber llegado a donde Javier Jiménez esperaba que llegara aquel día de 1951 en que me presenté en la fábrica, a mostrar la bicicleta que me había prestado Aurelio Toro, con el objeto de entusiasmar a los directores de la empresa para que me prestaran dinero y poder correr en bicicleta propia. Ante el doctor Obdulio Betancourt, administrador de la empresa, y don Emilio Olarte, jefe de personal, me presenté con la liviana bicicleta amarilla que fue en realidad la que decidió mi suerte. Aquella entrevista tuvo importancia, porque a pesar de que en Antioquia empezaba a surgir con mucha fuerza el ciclismo deportivo, no había más de diez bicicletas buenas para participar en competencias tan serias como las que allí se organizaban. Cada aficionado debía convencer a alguien de que lo patrocinara. Y yo había convencido tanto a Javier Jiménez que ese día, cuando abandonaba la oficina, lo oí decir: “A ése ya no lo para nadie”.

Vamos a ver qué pasa



Bien equipado, llegué al parque de Berrío el 12 de octubre de 1951, a participar en una carrera que no habría de darme un trofeo, pero que habría de servirme más que cualquier otra, como experiencia. Hasta ese momento yo era un ciclista confiado. En cualquier momento de una prueba, estaba seguro de que las indicaciones que me hiciera un adversario, eran indicaciones de buena fe. No sabía entonces que uno debe confiar a toda costa en sus propios conocimientos, definir las situaciones de acuerdo con su propio modo de saber y entender, y no atenerse a nadie. Porque sé que es así, me pareció asombroso, sin antecedentes, la noble e inolvidable actitud de Reinaldo Medina, quien en un gesto de compañerismo deportivo me cedió su bicicleta, después de un pinchazo que sufrió en la última Vuelta a Colombia.


Bien equipado




Trataré de contar, crudamente, lo que me ocurrió en aquella dura prueba de trepadores. Estaba terriblemente nervioso, porque tenía que competir con ciclistas de primera categoría, gente de muchos recursos, de mucha experiencia y mucho empuje. Era la primera vez que corría bien equipado, pero no tenía muchas esperanzas, a causa de los temibles adversarios que me habían correspondido. Sin embargo, arranqué con entusiasmo y sentí por primera vez la satisfacción de que mi equipo respondía, y de que sólo una racha de mala suerte habría podido detenerme. Sabía que la subida tenía 18 kilómetros y trataba de cuidarme, pero —no sé por qué— cada vuelta del pedal me rendía de una manera inesperada. En pocos minutos logré despegarme del pelotón, junto con el buen corredor de primera categoría Antonio Zapata Arboleda. Entonces fue cuando me ocurrió una de las cosas que no he podido olvidar jamás.

El consejo del zorro



Cuando Antonio Zapata se dio cuenta de que yo estaba andando fuerte, de que lo iba dejando, me dijo: “No seas bobo, no te quemes, que la carrera es larga”. Aquel consejo pareció confirmar mi sospecha de que los otros corredores no estaban rindiendo todo lo que podían, sino que se estaban cuidando para la parte dura de la competencia. “Nos están cazando”, pensé. Y cuando Antonio Zapata me dio el consejo de no apurarme, decidí ponerme en sus manos, porque sabía que era un veterano. Porque sabía que era el único ciclista antioqueño que estudiaba en libros los secretos de su deporte. Antonio Zapata siguió hablándome. Dijo:
—Sigue pegado a mi rueda y nos defenderemos juntos.
Yo, dispuesto a obedecer ciegamente, me pegué a su rueda y seguí pedaleando con calma
.


“Sigue pegado a mi rueda”



Era tan ingenuo entonces, que me sentía feliz y emocionado de contar, en aquella dura prueba, con la ayuda de una veterano, un corredor de primera categoría jugado en muchas plazas. Así seguimos durante todo el trayecto: él adelante, y yo pegado a su rueda, convencido de que formaba parte de un equipo contra el cual sería imposible cualquier tentativa de victoria.
Cuando pasamos por la Media Luna, noté que Antonio Zapata trataba de acelerar. Pero no pensé nunca que intentaba dejarme, sino que quería ganar terreno, porque muy cerca de nosotros venían otros dos grandes: Roberto Cano Ramírez y Tito Gallo. Sin embargo, yo trataba de acelerar, yo aceleraba también, y me pegaba a su rueda. No hacía otra cosa que seguir su consejo: “Sigue pegado a mi rueda, y nos defenderemos juntos”.

Hay que confiar en los libros



Lo único que consideré injusto, en ese momento de ingenuidad, era que Antonio Zapata, que me prestaba su experiencia, no me prestara también a sus amigos, A lo largo de todo el camino, pasada la Media Luna, hombres y mujeres que él conocía salían a refrescarlo y a suministrarle alimentos. Yo habría dado cualquier cosa por un chorro de agua fresca, pero pensaba que si Antonio Zapata no daba orden de que me auxiliaran, era porque no convenía a nuestro pacto. Dócilmente, seguí pedaleando, pegado a su rueda, a pesar de que llevaba un tiempo menor del que necesitaba la Doble a Rionegro. Si seguía así —pensaba— iba a emplear por lo menos cuatro minutos más que aquella vez. Sin embargo, confiaba en Antonio Zapata, en sus buenas lecturas y en su deseo de ayudarme. Y seguía pedaleando, pegado a su rueda.

¡Qué conspiración!



No sé por qué no me dio espina un detalle: cuando nos acercábamos a Santa Elena, numerosos amigos habían venido a saludar a Antonio Zapata. Lo esperaban a la vuelta del camino, corrían un poco a su lado y le hablaban en secreto. Había un aire de conspiración en todo eso, pero yo tenía tan poca experiencia, que me parecía que aquellas conversaciones sigilosas contribuían a nuestro triunfo. Por lo menos, había algo que no podía negar: me sentía descansado, y a pesar de que no desarrollaba todo lo que podía, Tito Gallo y Roberto Cano no habían logrado alcanzarnos. De manera que nada me importaban los secretos, si los consejos de Antonio Zapata estaban dando tan buenos resultados.

La mayor tontería de mi vida



Mi compañero iba bien. Había sido alimentado a lo largo de todo el camino, mientras que a mí nadie me había dado nada. Pero me había acostumbrado a hacer la prueba de Santa Elena, la más dura de Antioquia, y aquella manera de pedalear, pegado a la rueda de un veterano, me resultaba un juego de niños. Estaba satisfecho, sabiendo que iba ganando descansado, en complicidad con un ciclista experimentado, del cual tenía mucho que aprender.
No pude contener una expresión de felicidad cuando vi, como a tres cuadras de distancia, la torre de Santa Elena. “No hemos tenido que apurarnos, y sin embargo no nos han cazado”, pensé. Y pensé en la tontería que hubiera cometido si hubiera seguido corriendo fuerte, como al principio, antes de que Antonio Zapata me diera sus generosos consejos. Ya a punto de llegar a la meta, se me ocurrió preguntarme a qué distancia de nosotros vendrían Tito Gallo y Roberto Cano. Entonces fue cuando cometí la tontería más grande de mi vida: por un segundo, creo que apenas por medio segundo, miré hacia atrás para ver por dónde venían Tito Gallo y Roberto Cano.

NOTA DEL REDACTOR

“El intelectual del ciclismo”



En el capítulo que hoy se publica, Ramón Hoyos ha empezado a recordar sus primeros encuentros con los grandes del ciclismo antioqueño: Pedro Nel Gil, a quien los expertos antioqueños consideran como el creador de este deporte en el departamento; Roberto Cano Ramírez, quien surgió en la misma época como la segunda figura, y Tito Gallo, el tercero en discordia. Sin embargo, antes de que estas tres inolvidables figuras empezaran a provocar el delirio de las multitudes, un ciclista modesto progresaba en el conocimiento de su deporte, no pedaleando incansablemente todas las mañanas y sometiendo un organismo a agotadoras experiencias físicas, sino de una manera insólita: leyendo. Se llamaba Antonio Zapata Arboleda y nació en Abejorral hace 25 años.

La verdad sea dicha



Cuando Ramón Hoyos habló de Antonio Zapata Arboleda manifestó su respeto y su admiración por el que está considerado como el creador del ciclismo técnico en Antioquia. Pero creyó conveniente decir la verdad de su primer duelo con él: la prueba de trepadores, efectuada el 12 de octubre de 1951. “Le tenía mucha fe -decía Ramón Hoyos-, porque había aprendido a correr leyendo libros”. Y explicó al redactor minuciosamente -y así se publica el capítulo de hoy- la forma en que siguió los consejos de Antonio Zapata Arboleda y lo que ocurrió por seguir esos consejos: Hoyos perdió una prueba que estaba seguro de ganar de haber seguido sus propias iniciativas. Esas revelaciones, por primera vez hechas a la prensa, tienen una importancia trascendental, pues su triunfo en la prueba de trepadores del 12 de octubre de 1951 se considera como una de las grandes victorias de Antonio Zapata Arboleda, “El intelectual del ciclismo”, como se le llamó en Antioquia.

Otras coincidencias



Hay otra extraña coincidencia en las vidas de Hoyos y Zapata. En la II Vuelta a Colombia, cuando el actual triple campeón participaba por primera vez en esa competencia anual, corría también en ella Antonio Zapata Arboleda. A Hoyos le fue mal desde el primer momento, por razones que serían detalladas en el capítulo correspondiente. En cambio, Antonio Zapata, quien era patrocinado por la fábrica de tejidos Tejicóndor, llevaba una buena puntuación hasta la etapa Cali-Sevilla. En ese trayecto, un perro se atravesó en su camino y “El intelectual del ciclismo” sufrió un aparatoso accidente que lo condujo a su actual situación de olvido y miseria. Y esa fue precisamente la primera etapa que ganó Ramón Hoyos en las vueltas a Colombia.

El último acto


Antonio Zapata no se retiró de la competencia a raíz del mencionado accidente. Ni siquiera disfrutó de unas horas de descanso: sus acompañantes le pidieron que siguiera adelante y él les obedeció, a pesar de las difíciles circunstancias en que se encontraba. Hospitalizado en Sevilla, los médicos recomendaron su retiro. Pero Zapata se fugó de la clínica -como lo había hecho Ramón Hoyos en la primera etapa de la misma competencia- e insistió en continuar hasta Armenia y en cumplir luego las etapas finales. Antes de concluir ese año fue preciso internarlo en el manicomio de Medellín. Allí permaneció por espacio de varios meses, hasta cuando burló la vigilancia de los guardianes y se presentó -una noche de 1953- en la casa de su madre. Con ella vive en la actualidad, en penosas circunstancias. La amarga experiencia de Antonio Zapata Arboleda tuvo una consecuencia para el ciclismo antioqueño: la fábrica de tejidos Tejicóndor no volvió a patrocinar corredores.

_________________
“Los cortesanos, sin salir de sus aposentos, ni de los umbrales de la corte, se pasean por todo el mundo, mirando un mapa, sin costarles blanca, ni padecer calor ni frío, hambre ni sed; pero nosotros, los caballeros andantes verdaderos, al sol, al frío, al aire, a las inclemencias del cielo, de noche y de día, a pie y a caballo, medimos toda la tierra con nuestros propios pies”

Don Quijote de la mancha capítulo 6.

¿Un caballero andante no es  demasiado parecido a un ciclista?
avatar
Gianni in testa

Mensajes : 1612
Reputación : 37
Fecha de inscripción : 30/07/2013
Edad : 50
Localización : Colombia

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Re: García Márquez y el ciclismo

Mensaje por Guest el Miér Ago 20, 2014 1:54 pm

Gracias una vez mas Gianni.

Guest
Invitado


Volver arriba Ir abajo

Re: García Márquez y el ciclismo

Mensaje por Contenido patrocinado


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.